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Si por alguna razón nos interesara estudiar los elementos de crítica social que ha aportado el cine, y nos centráramos en la crítica a la sociedad burguesa, encontraríamos a dos autores europeos que dedicaron gran parte de su carrera a ello. Son Luis Buñuel y Jacques Tati. Ambos se interesaron más por la moral y las costumbres burguesas que por el aspecto económico de la sociedad capitalista, aunque éste aparezca como corolario y contexto de sus narraciones.

Luis Buñuel es el mejor heredero que podía tener su paisano maño Francisco de Goya, como puede mostrar la visualización conjunta de sus obras. Mi desconocimiento de la cultura francesa me impide encontrar un antecedente para el genio de Tati, más allá del referente mundial que supone el Charlot de Charles Chaplin, padre indiscutible del Monsieur Hulot de Tati.

Buñuel, Viridiana 1961

Buñuel, Viridiana 1961

Goya, Capricho 18

Goya, Capricho 18

Silvia Pinal in Luis Buñuel's VIRIDIANA.  Credit: Janus Films.  Playing 4/24 - 4/30.

Viridiana

Goya, detalle de Capricho nº 17

Goya, detalle de Capricho nº 17

La perspectiva asumida por cada cineasta es distinta y a veces contrapuesta, pero ambos coinciden en describir aspectos generales de la sociedad burguesa y a sus integrantes. Señalan su posicionamiento en el escalón superior de la evolución social, debajo del cual, según ellos, todo es animalidad e irresponsabilidad. Señalan su superficialidad, sus absurdos e incómodos códigos de comportamiento, su necesidad de aparentar, su gusto por la riqueza. Aspectos que esconden la vacuidad, la imposibilidad de disfrute de la vida, y el sometimiento de la propia autoestima al juicio del vecino.

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Buñuel bucea en las profundidades del alma burguesa y saca a la luz sus debilidades más ocultas, poniendo el acento en la represión ejercida por la moral (burguesa y católica en este caso) y sus devastadoras consecuencias psicológicas. Tati hace lo mismo pero resalta otro tipo de debilidades, sin zaherir de forma tan descarnada las almas perdidas de los hombres y mujeres que no han encontrado nada mejor que la sociedad burguesa para intentar ser felices, algo que ésta no puede ofrecerles.

El anfitrión critica la grosería, la suciedad y la promiscuidad junto a su mejor amigo y su esposa, que mantienen un romance oculto

El anfitrión, en segundo plano, critica la grosería, la suciedad y la promiscuidad junto a su mejor amigo y su esposa, que mantienen un romance oculto. El ángel exterminador

Buñuel describe la derrota personal de la sociedad burguesa, la sociedad dominante que maneja los hilos desde sus grandes salones, pero que una vez en la intimidad se encuentra absolutamente perdida, dominada a su vez por sus más bajas pasiones, a las que su estricta moral no hace más que alimentar. Buñuel se ensaña con el grupo social que ha modelado el mundo según sus estúpidas necesidades, el grupo social que se ensaña con el resto. Les lanza su propia imagen, su reprimida animalidad de la que no pueden huir (igual que son incapaces de salir del salón o la iglesia en El ángel exterminador), a la cara. Con toda vuestra pompa y boato, con toda vuestra apariencia, sois animales peores que el resto, parece querer decirles.

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Tati, que tenía una personalidad más luminosa, y que también vivió en un contexto histórico y social más luminoso que Buñuel, es tan mordaz como éste pero no se ensaña con las personas integrantes de la sociedad burguesa, no escarba entre sus miserias, e incluso señala la posibilidad de momentos felices dentro de la misma. Al fin y al cabo, los burgueses, aunque obsesionados por el dinero y de normas y costumbres absurdas, son también seres humanos.

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La diferencia fundamental a este respecto entre Tati y Buñuel es que para el primero la humanidad era un valor y para el segundo una condena. Cuando nos ofrecen su mirada sobre las clases bajas (y los desheredados), donde las necesidades básicas se enfrentan a sus límites, donde humanidad y animalidad se dan la mano y se miran la una a la otra como en un espejo, el resultado no puede ser más distinto y distante.

Buñuel salva a la clase trabajadora de la mansión en El ángel exterminador, que abanadona la casa antes de que sus patrones queden inexplicablemtne en cerrados en ella. Sólo queda el mayordomo, enlace entre ambas clases, pero que se decanta expresamente por la clase superior cuando critica al resto del servicio ante su señora. Pero para Buñuel los valores preburgueses, precapitalistas, no son la solución (en realidad a don Luis no le interesaba la política sino la condición humana, la crítica social es secundaria en su obra). Al contrario que para Tati, que pregona y describe la vida sencilla como el secreto de la felicidad.

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En Mon oncle ambos mundos, el pre-capitalista de vida sencilla, artesanal, y el burgués, industrial, están separados por una pared semiderruida.

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Tras la pared, los bloques grises de los obreros industriales, y más allá, los chalets de los dueños de las industrias, con sus estupideces, su superficialidad, su aparentar ante sus iguales (el detalle de la fuente con forma de pez espada y las ocasiones en que los dueños de la casa la encienden o apagan según quién llame al timbre es magistral en este sentido), su prerefencia por una modernidad incómoda a la sencillez y funcionalidad, su sometimiento de la naturaleza al cuadriculado orden burgués (los arbustos aprisionados contra la pared con alambre, el regalo de las flores de plástico: “son eternas”), en general su aburrimiento y su vacuidad.

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No es extraño que el niño adore a su tío Hulot, que le lleva al otro lado de la pared derruida, donde sucede la vida, donde hay plantas, un descampado en el que los niños juegan y las parejas jóvenes se esconden, un carro tirado por un caballo, un barrendero que sólo quiere hablar, un vecino que baja en bata y zapatillas a regar las plantas y a pasear al perro y que es raptado por los amigos hasta el bar al otro lado de la plaza, unos hombres que primero se pelean a puñetazos a cuenta de una broma infantil y luego acaban hermanados, y decenas de otros detalles que llevaría mucho espacio describir y convierten esta película en una absoluta delicia.

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Al final de la película, cuando el tío es desterrado por su cuñado, el industrial burgués, que piensa que es una mala influencia para su hijo (su esposa le dice que tiene celos de su hermano), Tati nos regala su visión optimisma sobre la humanidad. El cuñado silba para despedirse de Hulot y un viandante desconcertado choca contra una farola buscando el origen del silbido. Una broma, no intencionada en este caso, a la que su hijo jugaba con los amigos en el descampado. El padre se esconde instintivamente con su hijo. El niño, que ríe a carcajadas y siente la emoción de la situación, coge la mano de su padre. Éste se emociona a su vez por el gesto de su hijo. Una vez en el coche, ambos ríen, el padre ha vuelto a su infancia y ha aprendido a comunicarse con su hijo. Fin.

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Para Tati, el cuñado de Hulot tiene la capacidad innata de ser feliz, sólo que se encuentra perdido entre las reglas y costumbres de la sociedad burguesa capitalista, en la que para ser feliz es necesario fijarse una meta e ir a por ella. La vida es inconcebible para él sin una meta, sin la meta de prosperar, y no se da cuenta de que esa meta es inalcanzable, de que siempre se puede ser más rico, y tener una casa más grande y un coche mejor y más moderno. No se da cuenta de que esta meta, acompañada por el sometimiento tan netamente burgués de la autoestima al juicio del vecino, resulta en la infinita avidez y desgracia, en la imposibilidad de ser feliz (felicidad verdadera, no el contento pasajero que la ignoracia confunde con aquella).

El cuñado de Hulot, sin embargo, mantiene en el fondo de su alma el deseo por una vida verdadera, sin convenciones sociales estúpidas y limitantes. En el mundo absolutamente gris en el que habita no existe el color (qué regalo nos hace Tati con el uso de los colores y los sonidos), pero su prosperidad toma la forma de un coche nuevo de tres intensos colores. Dentro de su ignorancia de lo que hace verdaderamente feliz a una persona, donde su cuñado Hulot era un experto, el estricto padre burgués anhela el color que sólo se encuentra en la vida sencilla al otro lado de la pared semiderruida. El coche nuevo representa el alma de niño que, aunque reprimida por la obligación burguesa de la acumulación y el progreso económico, sigue habitando su cuerpo. Una nueva emoción, de esas que te hace feliz, como que tu hijo, temblando a su vez de emoción y diversión, te coja instintivamente la mano, trae a la superficie este alma infantil reprimida que se expresa en colores. Una emoción, por cierto, que no se puede comprar con toda la riqueza del mundo.

Tati también describe la derrota de la burguesía, su incapacidad para ser feliz, pero en vez de cebarse en su agriamiento, como hace Buñuel en El ángel exterminador, señala sus errores y el camino para salir de ellos.

Como todas las tardes a la misma hora, el programa televisivo del profesor Platov. Hoy tendremos: "Nos toca a nosotros reflexionar"

“Como todas las tardes a la misma hora, el programa televisivo del profesor Platov. Hoy tendremos: ‘Nos toca a nosotros reflexionar'”

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